Posteado por: BioCells | agosto 12, 2011

Historia de la Transfusión Sanguínea, I entrega. Por el Dr. Claudio Dufour

Compartimos con ustedes una monografía realizada por el Dr. Claudio Dufour, Sub Director Médico de BioCells.

Aqui va la primer entrega:

 “Historia de la Transfusión Sanguínea:  Del soporte vital clásico a la utilización de las Células Madres  para Trasplante y Medicina Regenerativa”

 Autor: Claudio Darío Dufour

                  Médico UBA

                  Medicina Interna

                 Especialista Jerarquizado en Hematología

                 Trasplante de Progenitores  Hematopoyéticos

                 Magister en Gestión y Administración de Sistemas y Servicios de Salud,

                 Fundación Favaloro

                Especialista en Medicina del Deporte UBA   

El propósito de esta Monografía es valorar los antecedentes históricos que llevaron a principios del 1900 a establecer opciones clínicas e inmunohematológicas de seguridad biológica, para desarrollar una terapéutica vital: la transfusión sanguínea, hoy denominada de hemocomponentes, como herramienta de soporte médico clave.

 A las primeras experiencias, muy distantes de nuestra realidad, entre otras cosas determinadas por la evolución en seguridad biológica, se sumó un proceso de avance en el conocimiento científico, reflejado en las prácticas actuales:

–   Bancos de Sangre Modernos

–   La evolución sorprendente en las técnicas de Aféresis

–   Trasplantes a punto de partida de Células Madre de la Sangre, provenientes de

    Médula Ósea, Sangre Periférica y Sangre Placentaria / Cordón Umbilical 

–   Bancos de Sangre de Cordón Umbilical: Públicos, Privados y Mixtos

–   Terapia Celular: Medicina Regenerativa e Ingeniería de Tejidos

 En un periodo de tiempo minúsculo para la extensa periodización de la historia de nuestro mundo y sus integrantes, así se llegó en el siglo XX a un extraordinario desarrollo, donde el ser, el hacer y el pensar, consolidaron una cultura en el manejo de la sangre y sus componentes, incluidas las células madre, para lo que hoy en nuestros días conocemos como Medicina Transfusional Moderna y Terapia Celular (trasplante y medicina regenerativa).

 Una evolución sorprendente y maravillosa, que desde mi perspectiva tiene 6 momentos históricos clave:

  1. En el invierno de 1667 cuando el paciente Antoine Mauroy, un lunático, fue llevado ante Jean-Baptiste Denis, insigne médico del rey Luis XIV de Francia. El facultativo disponía del “remedio” ideal para la locura: una transfusión de sangre de ternero, con la que esperaba calmar al paciente
  2. Siglo XIX cuando resurgió la transfusión, defendida principalmente por el obstetra inglés James Blundell, quien resucitó el interés por dicho método al mejorar las técnicas, utilizar instrumental más avanzado e insistir en el uso exclusivo de sangre humana.
  3. Pero fue en 1873, cuando el médico polaco F. Gesellius frenó el reavivamiento de las transfusiones al publicar un inquietante descubrimiento: habían ocasionado la muerte a más de la mitad de sus receptores. Al conocerse estos datos, el procedimiento fue blanco de las críticas de eminentes galenos, de modo que volvió a decaer su popularidad. En 1878, un médico francés, Georges Hayem, perfeccionó una solución salina que en su opinión podría utilizarse como sucedáneo de la sangre y que, a diferencia de esta, no acarreaba efectos secundarios, no se coagulaba y era fácil de transportar. Como es lógico, la solución salina de Hayem llegó a utilizarse extensamente.
  4. En 1900, el patólogo austriaco Karl Landsteiner descubrió la existencia de los tipos de sangre, y constató que estos no son siempre compatibles entre sí. No era de extrañar que tantas transfusiones hubieran acabado en tragedia. Pero a partir de aquel momento era posible evitarlo con solo asegurarse de que los tipos del donante y el receptor fuesen compatibles. Con este conocimiento, los médicos recuperaron la confianza en las transfusiones, justo a tiempo para la I Guerra Mundial.
  5. Descubrimiento clave por un científico argentino: Dr. Luis Agote, preocupado por el problema de las hemorragias en pacientes hemofílicos, encaró el problema de la conservación prolongada de la sangre con la colaboración del laboratorista Lucio Imaz. Sus primeros intentos, como el uso de recipientes especiales y el mantenimiento de la sangre a temperatura constante, no dieron resultado. Buscó entonces alguna sustancia que, agregada a la sangre, evitara la coagulación. Luego de muchas pruebas de laboratorio in vitro y con animales, Agote, aunque sin conocer el origen bioquímico del comportamiento, encontró que el citrato de sodio (sal derivada del ácido cítrico) evitaba la formación de coágulos. Esta sustancia, además, era tolerada y eliminada por el organismo sin causar problemas ulteriores. La primera prueba con personas se hizo el 9 de noviembre de 1914, en un aula del Instituto Modelo de Clínica Médica. Luis Agote, lejos de los centros científicos más importantes y avanzados, logró resolver el problema de las transfusiones que angustiaba a los miles de médicos reclutados por los ejércitos europeos durante la Primera Guerra Mundial. Fue un gran aporte a la medicina mundial, que contaría desde entonces con un método de transfusión de sangre simple, inocuo y fácil de ejecutar por un profesional idóneo. El periódico estadounidense New York Herald publicó una síntesis del método de Agote y percibió sus proyecciones futuras, afirmando que tendría muchas otras aplicaciones además del tratamiento de hemorragias agudas.
  6. Ya en nuestra reciente historia las opciones de obtener de la sangre entera (médula ósea, sangre periférica estimulada por factores de crecimiento granulocíticos o sangre placentaria o de cordón umbilical), revolucionó con el fácil acceso a estas 3 fuentes celulares sanguíneas, la terapia celular de la medicina de nuestros días. Así la trasplantología basó sus acciones pioneras y nuestro presente, donde terapias modernas de trasplante celular, más la medicina regenerativa, vienen demostrando en uso clínico e investigación básica y aplicada, relevantes y promisorios tratamientos. Estas 3 fuentes celulares permiten a punto de partida de células pluripotentes sanguíneas recomponer un sistema hematopoyético. De 1950 a nuestros días los avances del conocimiento científico – tecnológico fueron tales, y tan revolucionarios, que apalancaron nuestro presente orientado a la medicina regenerativa, la ingeniería de tejidos y el trasplante hematopoyético moderno, dese estas bases:
  • 1950 Jacobson: ratones irradiados con protección esplénica (bazo) que se recuperan.
  • 1952 Lorenz: restauración de la hematopoyesis en ratones irradiados con altas dosis y administración de médula ósea singénica.
  • 1957 D. Thomas: infusión de células hematopoyéticas en perros.
  • 1963 D. Thomas y Mathé: desarrollo clínico del trasplante de médula ósea, más descripción de la enfermedad de injerto contra huésped
  • 1964 Dausset: describe el Antígeno de histocompatibilidad (HLA)
  • 1967 Van Bekun y de Vries: amplían la descripción fisiopatológica de la enfermedad de injerto contra huésped, como agresión inmunológica de los linfocitos del donante frente a los tejidos del receptor.
  • 1975: fuerte desarrollo científico del Grupo Seattle de USA, liderado por el Dr. D. Thomas, luego premio nobel de medicina, en todo lo referente a uso de células madre de la sangre y trasplante (investigación básica y aplicada a la clínica).

Desde los primeros pasos, casi mágicos hasta nuestros días.

Existen referencias de que desde la antigüedad se ponían de relieve las posibilidades terapéuticas de la sangre humana. Durante la época del imperio romano, el naturalista Plinius y los médicos Scribonius Largus y Galen recomendaban su ingestión por vía oral como remedio para controlar algunas enfermedades, principalmente la epilepsia. Se dispone también de testimonios que indican que el descubrimiento de la existencia de la circulación sanguínea por el inglés William Harvey y la identificación de la conexión capilar de las arterias con las venas por el italiano Marcello Malphigi, constituyeron las premisas de los primeros ensayos de las transfusiones. De aquellas experiencias (primeros y verdaderos trasplantes) a las terapias celulares actuales, en escaso tiempo para historia de la humanidad y sus ciencias, nos siguen sorprendiendo.

En febrero de 1665, el anatomista inglés Richard Lower logró la primera transfusión entre animales, al extraer la sangre de la arteria carótida de un perro e introducirla a otro a través de la vena yugular. Dos años después, el cirujano francés Jean Baptiste Denis realizó con éxito la primera transfusión de una oveja a un hombre joven. Esta operación se fue sistematizando por el propio Denis y por el también cirujano alemán Matthäus Gottfried Purmann pero, como es de suponer, en muchas ocasiones ambos fracasaban en su empeño, que a veces llegaba a tener un desenlace fatal. Ello trajo por consecuencia que en 1668, el gobierno de París y la curia pontificia prohibieran terminantemente la práctica de las transfusiones y que con el tiempo el procedimiento fuera quedando prácticamente en el olvido.

Durante el siglo XIX se reiniciaron los intentos de hacer transfusiones sólo en aquellas situaciones en que peligraba la vida de las personas, lo que trajo consigo la realización de muchos trabajos experimentales en ese campo, que culminaron con el logro, por el cirujano inglés James Bludell, de la primera transfusión entre seres humanos. El paciente en cuestión falleció a las 56 horas de haberse transfundido.

Con posterioridad, fue por mucho tiempo un misterio el hecho de que semejante operación fuera tolerada sin consecuencias por algunos individuos, mientras que en la mayoría de los casos ésta provocaba reacciones que conducían al choque y casi siempre a la muerte. Sin embargo, a partir de que el serólogo alemán Paul Ehrlich introdujera el análisis microscópico de la sangre,pudo el bacteriólogo austriaco Karl Landsteiner despejar la incógnita, al demostrar, primero mediante la experimentación con animales, que tal intolerancia se debía a una aglutinación de los eritrocitos. Posteriormente comprobó que el mismo principio regía para los humanos. En la célebre primera observación que hiciera él mismo acerca de su trabajo titulado Sobre el conocimiento de los efectos antifermentativos, líticos y aglutinantes del suero sanguíneo y de la linfa, Landsteiner estableció que el “suero de personas sanas no sólo aglutina los glóbulos sanguíneos de los animales, sino también muchas veces el de sus semejantes. Queda ahora por determinar si este fenómeno tiene su explicación en la existencia de diferencias individuales congénitas, o es causado por factores externos que pudieran hasta ser de origen bacteriano.” 

Después de un tiempo dedicado al estudio de esta problemática, Landsteiner dio a conocer a la comunidad científica que la intolerancia de muchos individuos a las transfusiones estaba genéticamente condicionada por sus grupos sanguíneos y que no tenía nada que ver con la influencia de factores externos. Para demostrar su afirmación, se basó en los resultados de los experimentos que hizo con la sangre de 6 hombres sanos (incluido él mismo) y la de 6 mujeres embarazadas con sus respectivas placentas.

En un trabajo que publicó en 1901, puso de manifiesto sus observaciones de un modo conciso: “En un número de casos pertenecientes a un grupo (A), su suero reacciona a los glóbulos sanguíneos de otro grupo (B), pero no a los de su propio grupo, mientras que los glóbulos de los integrantes del grupo A obtienen similar respuesta del suero de los del grupo B. En un tercer grupo (C), el suero puede aglutinar los glóbulos de los grupos A y B, aunque el suero de éstos no responde a los glóbulos del primero”.

La cita anterior caracteriza la definición actualmente vigente de los grupos sanguíneos A, B y O – el grupo denominado C por Landsteiner, se identifica como grupo O desde 1910 -, y por otra parte, pone en claro que un individuo del grupo C = O es un donante universal, pues puede dar una determinada cantidad de su sangre a cualquier receptor sin que éste sufra trastornos producto de la transfusión.

Un cuarto grupo sanguíneo clásico fue descubierto en 1902 por Alfred von Decastello y Adriano Sturli, 2 colaboradores de Landsteiner. En un principio, ambos científicos lo llamaron “grupo de los sueros sin identificar“, a modo de caracterizar su deficiente capacidad aglutinante. El nombre de AB, con el que hoy se conoce este grupo, fue propuesto en 1910 por Emil Freiherr von Dungern y Ludwik Hirszfeld, del Instituto de Investigaciones del Cáncer de Heidelberg. Ellos fueron también los que sugirieron el cambio del nombre al grupo C por el de O y los que demostraron que la transmisión hereditaria de los grupos sanguíneos obedece a la Ley de Mendel.

A pesar del descubrimiento del sistema ABO de los grupos sanguíneos, continuaron produciéndose en ocasiones episodios de hemólisis en las transfusiones, y resulta particularmente impresionante el hecho de que en 1940, cuando ya contaba 72 años de edad, Landsteiner lograra descubrir la existencia del factor Rhesus, conjuntamente con Alexander Salomon Wiener. Este aglutinógeno, conocido generalmente como factor Rh, se convirtió muy rápido en un recurso imprescindible para la determinación de los grupos sanguíneos y para evitar la producción de reacciones hemolíticas. Poco tiempo antes de la muerte de Landsteiner, se publicaron los resultados de un estudio hecho por él y Wiener acerca de la transmisión hereditaria del factor Rh.

En estos apuntes no puede tampoco dejar de mencionarse el descubrimiento de Landsteiner y Philip Levine de otros 3 factores sanguíneos humanos, a los que llamaron M, N y P y que aún se utilizan en el diagnóstico y prevención de ciertas situaciones poco frecuentes de intolerancia a las transfusiones. Dicho hallazgo, que tuvo lugar en 1927, llevó a Landsteiner a la conclusión de que cada persona tiene características serológicas individuales y específicas. Con sus trabajos para encontrar la explicación a la aglutinación de los eritrocitos, tuvo además la oportunidad de ser el primero en discernir el fenómeno de la autohemólisis, responsable de las anemias hemolíticas por autoinmunidad.

El descubrimiento de los grupos sanguíneos humanos fue un motivo más que justificado para que Landsteiner  fuera merecedor del Premio Nobel de Medicina y Fisiología, el cual recibió en 1930. Además de todos los hallazgos de este científico antes descritos, los métodos por él desarrollados para la caracterización inmunológica de ciertas enfermedades como las hemólisis autoinmunes, la hemoglobinuria paroxismal nocturna, la sífilis y la poliomielitis, son todavía de gran importancia para la investigación y el diagnóstico en el campo de la inmunología.

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